# LCMS Convention Workbook_St. Louis Missouri_2013_S385 # Machine transcription, uncorrected — CHI Digital Archive (demonstration) THEOLOGICAL DOCUMENTS­­—COMMISSION ON THEOLOGY AND CHURCH RELATIONS de servicio real, desde un oficio o estado concreto en la vida. Cuando se trata del debate sobre inmigración, el argumento crítico no es si uno está a favor o en contra de la inmigración “ilegal”. Todo lo que es “ilegal” de acuerdo a tal o cual ley actual es, estrictamente hablando, “ilegal”. Aquí no hay ningún argumento. Los desacuerdos sobre la ley civil tienen que ver, en cambio, con si la ley de inmigración, ya sea en forma general o en ciertos aspectos, trata en forma adecuada, buena, justa, o razonable, a ciertos prójimos o grupos de prójimos. Por lo tanto, es natural que las respuestas particulares a la inmigración ilegal vayan a depender, nos demos cuenta o no, de nuestras prioridades vocacionales y de los prójimos correspondientes a quienes somos llamados a defender, y por quienes abogamos. La vocación nos permite argumentar firme y persuasivamente por ciertos prójimos, y nos alienta a defender a las personas a quienes debemos servir. Por ejemplo, el gobernador de un estado puede decir, como oficial de la ley en el reino de la izquierda que, con el fin de proteger a los residentes—por quienes él es responsable—contra ciertos problemas como violencia, secuestros, tráfico humano, y otros crímenes, va a poner en práctica medidas más fuertes contra los inmigrantes que viven en su estado en forma ilegal. Al hacer esto, el oficial cumple con su obligación desde una vocación en particular—en este caso, abogando por la seguridad y calidad de vida de los residentes de su estado. Con respecto a la puesta en práctica de la ley, los agentes de control de la frontera también cumplen sus vocaciones al detener a los inmigrantes que quieren cruzar a los Estados Unidos sin tener visa. Esa es la principal tarea a través de la cual esos agentes promueven la seguridad nacional en nombre de los ciudadanos del país—sus prójimos. Dado que son muchos los prójimos que merecen nuestra atención, la vocación define quién es mi prójimo más cercano, cuál de sus necesidades debería atender primero, y cómo hacerlo. Cuando debatimos sobre la obligación de amar a nuestro prójimo en las complejidades de la vida diaria, a menudo se produce una tensión significativa. Porque así como somos llamados a “hacer el bien a todos”, también se nos alienta a hacer el bien mayormente a “los de la familia de la fe” (Gál. 6:10). Nuestro Señor reprendió a los fariseos por su “ética” retorcida que resultaba en la negligencia de miembros de la familia en nombre de algún grupo de prioridades religiosas (Mc. 7:10-12). Tales referencias nos recuerdan que el amor por nuestro prójimo siempre involucra personas específicas, y que nuestro Señor espera que el amor por nuestro prójimo comience en nuestras familias y entre los otros prójimos que están más cerca de nosotros. Por lo tanto, que el padre no se atreva a descuidar el amor por su familia en nombre del amor por otros que están más alejados. De la misma manera, es adecuado que una comunidad cristiana dé prioridad a los prójimos en su medio, como dice Pablo en Gálatas 6. Y, siguiendo este mismo principio, es moralmente adecuado que las entidades civiles y las autoridades gobernantes den prioridad al bienestar de sus ciudadanos.82 82 Peter C. Meilaender ha enfatizado el tema de la proximidad como un factor importante en el debate migratorio. Ver “Immigration: Citizens and Strangers”, 10-12. Al mismo tiempo, esta preocupación por el “prójimo más cercano” no da permiso para negar que la persona que está más alejada sea mi prójimo. Cuando el abogado en la parábola del buen samaritano pregunta: “¿quién es mi prójimo?”, está tratando de “desviar de él la atención” para evitar el mandamiento de amar. Su pregunta “implica que hay algunas personas que no son mi prójimo”. Pero tal conclusión no es permitida por el Señor, cuyo ministerio muestra que “absolutamente ninguna persona está excluida de su amor” (ver Mt. 5:43-44).83 Mientras que ningún cristiano es capaz de hacer el bien en igual medida a cada prójimo, nunca deberíamos asumir que Dios nos haría excluir a alguien de recibir el amor de prójimo al que hemos sido llamados a darle. Inevitablemente, en un mundo que dista mucho de ser perfecto, abogar por un prójimo también puede significar no defender a otro prójimo. Por lo tanto, no debería sorprendernos que haya ciudadanos y residentes conscientes y justos que vayan a abogar por inmigrantes dedicados a sus trabajos cuya condición legal es cuestionable o difícil de regularizar pero que, a través de los años, han contribuido a la vitalidad económica del país, y cuyos hijos nacieron o fueron criados en este país y no conocen otro país que no sea esta tierra de libertad y oportunidad, y cuyas familias son un complejo conglomerado de ciudadanos, residentes y extranjeros indocumentados, todos viviendo bajo un mismo techo. Hablando en forma generalizada, quienes los defiendan seguramente presentarán iniciativas en pro de programas de visas de trabajo, una implementación más humana o justa de las leyes de inmigración, protección y acceso a la educación pública para los hijos de extranjeros indocumentados, unificación de familias, y formas de obtener la legalización. Tales defensores del prójimo inmigrante incluyen, pero no están limitados, a familiares y amigos de los indocumentados, abogados de inmigración pro bono, activistas de derechos humanos, cristianos y obreros eclesiásticos que trabajan muy de cerca o exclusivamente con inmigrantes, así como también otros grupos o instituciones de más alcance como Lutheran Immigration and Refugee Services (LIRS).84 En un mundo pecador, donde hay tantas cosas que demandan nuestra atención y tantas clases de prójimos que piden nuestra ayuda, es inevitable que haya una cierta medida de conflicto. Nuestros prójimos—en un sentido bueno y real—son las cargas y cruces que debemos cargar. Dios nos ha dado a nuestros prójimos. Es correcto, entonces, que debatamos sobre a quién debemos servir primero, y cómo hacemos para servirles mejor.85 No podemos evadir 83 Arthur A. Just, Jr. Luke 9:51-24:53 (St. Louis: Concordia Publishing House, 1997), 451-452. 84 Aquí hablamos de defensa en el sentido amplio de promover el bienestar de los inmigrantes a través de diversos medios. Cuando se la define más específicamente como un medio para lograr un cambio sistémico en la ley migratoria, defensa representa sólo un 1% o menos de los servicios ofrecidos por LIRS. LIRS es un ministerio o servicio social motivado por la fe luterana, cuya misión es proteger refugiados y emigrantes en riesgo, y asistir con su reasentamiento en los Estados Unidos. 85 Sánchez, “Misión e inmigración,” 71, 73. Con respecto a este tema, pero ya fuera del alcance de este documento, se podrían hacer otras preguntas, como la responsabilidad del gobierno 40 41 esa intención divina fundamental para nuestras vidas. Es parte de ser creaturas, de estar unidos o relacionados con las personas específicas que Dios nos ha dado para que sirvamos. Al tomar decisiones por tal o cual prójimo en el contexto de las vocaciones que Dios nos ha dado, a veces los cristianos vamos a experimentar una cierta medida de ambigüedad, y encontrar un cierto nivel de paradoja. llamado a servir en mi oficio van a sufrir como resultado de mis decisiones y acciones individuales o privadas.89 Tal paradoja surge cuando un cristiano considera su oficio, donde el prójimo a quien ha sido llamado a servir desde un estado particular en su vida depende de él, en relación a su propia relación individual o privada como cristiano hacia algún otro prójimo. Este estado paradójico de existencia en la vida del cristiano implica que “se debe hacer una distinción entre por un lado actuar (y sufrir) por mí mismo en una relación privada con mi prójimo, y actuar (y sufrir) en mi oficio, esto es, en la responsabilidad por otros inherente a mi estado.”86 Como cristiano individual, por ejemplo, “en lo que respecta a ti y lo tuyo” quizás en privado ponga la otra mejilla y hasta sufra personalmente alguna injusticia a manos de un prójimo. 87 Dicho en forma positiva, como cristiano individual en forma privada puedo ser capaz, en caso de necesidad, de asistir hasta a mis propios enemigos.88 Sin embargo, cuando soy llamado a un oficio y vocación específico para cuidar de ciertos prójimos en particular, ya no puedo actuar más como individuo, sino que debo dar prioridad y salir a la defensa de esos prójimos a los cuales fui llamado a defender en mi oficio y estado. En tal situación, ya no puedo simplemente “poner la otra mejilla” o ayudar a mis enemigos, si ello significa que esos prójimos a quienes he sido para con sus ciudadanos, la responsabilidad del inmigrante de obedecer a las autoridades gobernantes en su nuevo país así como en su país de origen, etc. 86 Althaus, The Ethics of Martin Luther, 68. Lutero escribe: Lutero escribe: “El cristiano debe ser de tal naturaleza que sufra todo mal e injusticia; que no tome venganza; que tampoco se proteja por medio de los tribunales, sino que en todas las cosas no necesite de la autoridad y del derecho seculares para sí mismo. Mas para otros puede buscar venganza, derecho, amparo y auxilio, y debe ayudar en cuanto pueda” (itálicas agregadas). Ver “La autoridad secular”, ODML 2:142; Lohse habla de la distinción entre el cristiano como una “persona cristiana”, y como una “persona mundana”. “Para aclarar la doble obligación del cristiano, [Lutero] habló del cristiano como ‘dos personas’: una persona cristiana y una persona del mundo.” Bernard Lohse, Martin Luther’s Theology: Its Historical and Systematic Development (Minneapolis: Fortress, 1999), 321. 87 Comentando sobre las palabras de Cristo “no resistas al mal” (Mt. 5), Lutero muestra la tensión que existe al dar “satisfacción simultáneamente al reino de Dios y al reino del mundo, externa e internamente”, como sigue: “Porque con lo uno cuidas de ti y de lo tuyo, y con lo otro, al prójimo y lo suyo. En lo que respecta a ti y lo tuyo, te atienes al evangelio y sufres injusticia como buen cristiano. En cuanto al otro y a lo suyo, te riges por el amor y no toleras injusticia contra el prójimo”. Ver “La autoridad secular” ODML 2:138. 88 “Como cristiano, cuando se trata de su bienestar personal, éste no busca otra cosa que servir a su prójimo, incluso si su prójimo es su enemigo. Está preparado a sufrir injusticia sin protegerse ni resistir al malo, sin buscar ayuda de las autoridades y del poder judicial, sin buscar venganza…” Althaus, The Ethics of Martin Luther, 69. 42 385 Apliquemos más aún la distinción entre el cristiano que actúa como individuo y el cristiano que actúa en un puesto u oficio particular. Pensemos, por ejemplo, en un agente fronterizo. Como cristiano individual, tal agente puede no estar de acuerdo con la ley migratoria actual y considerar injusto al sistema actual porque le puede parecer que no toma en consideración las necesidades económicas y las demandas de trabajo que tienen los más pobres en los Estados Unidos. Como cristiano individual, tal agente puede también mostrar compasión al inmigrante que viene a los Estados Unidos en forma ilegal y ayudarle en sus necesidades básicas, incluyendo a veces el proveerle protección de los “coyotes” y otros que puedan querer hacerle daño. Como cristiano individual, actuando fuera de su trabajo u oficio particular, quizás también comparta el Evangelio con inmigrantes—estén aquí en forma legal o ilegal—en su vecindario y provea para sus necesidades a través de los programas de caridad de su congregación en la comunidad. Y sin embargo, en su vocación como agente de control de frontera en el reino de la izquierda, está obligado a parar el cruce de la frontera hacia los Estados Unidos hasta del prójimo más necesitado que busca una vida mejor para sus hijos. Al hacerlo, el agente fronterizo pone a su oficio, y el prójimo a quien ha sido llamado a servir a través de ese oficio, por encima de sus relaciones personales o privadas con ciertos prójimos inmigrantes. Del otro lado de la frontera, consideremos a un padre mexicano que, además de vivir en un vecindario donde los narcotraficantes son una amenaza en el diario vivir, ha tratado desesperadamente, sin suerte, de encontrar un trabajo decente en su país. Como cristiano, más allá del llamado particular que Dios le ha hecho como esposo y padre, puede estar dispuesto a sufrir hambre, ansiedad y muerte—o sea, de “poner la otra mejilla”, y sufrir la injusticia a manos de algún prójimo, confiando en la liberación final que Dios le dará. Sin embargo, en su vocación recibida de Dios como esposo y padre, el hombre debe defender y proveer por su esposa e hijos. Por lo tanto, lo que una persona puede estar dispuesta a sufrir como individuo, es diferente de lo que ha sido llamada a hacer por el bien de otros cuyo sufrimiento ha sido llamada a aliviar. Por ejemplo, aun cuando el esposo y padre sabe que cruzar la frontera sin la visa adecuada es un acto ilegal, y que al hacerlo puede afectar a otros prójimos, su vocación de padre puede llevarlo a elegir cruzar a los Estados Unidos para encontrar seguridad, trabajo y paz para sus seres queridos, simplemente porque tiene la obligación de cuidar de aquéllos a quienes Dios ha puesto en su vida. 89 “Sin embargo, como persona secular, cumpliendo con su tarea de proteger a quienes fueron confiados a su cuidado, y actuando en asuntos que afectan el bienestar de su prójimo, debe, en todas las circunstancias, cumplir con su obligación de protegerles, oponerse al mal, frenarlo, castigarlo, y utilizar la fuerza para resistirlo.” Ibíd. 43 2013 Convention Workbook